Con su tez morena y arrugada, me miraba pasar de un lado a otro con mi grabadora. Tenía dos bolsas muy grandes y bien amarradas, me sonreía constantemente. Me detuve entonces y le pregunté que si quería ser entrevistada. Claro, por supuesto, toma asiento, me dijo muy contenta. ¿Le molesta que la grabe? Dijo, no, y volvió a sonreír. Le expliqué sobre el proyecto y le pareció muy bien. Inició hablando sobre los videos de Kenny y los eléctricos, ella trabajó ahí, después brincó a Garibaldi y las quesadillas de la plaza; enseguida relataba algo sobre el metro Pantitlán y me decía que ella era francesa, siempre se dedicó al espectáculo... Poco a poco, me di cuenta que la historia estaba fragmentada, una mujer que vivía en la calle tratando de hilar sus recuerdos; su mirada nunca fue de tristeza, sino muy energética y reconfortante. Su sonrisa constante y su chal negro con flores amarillas la hicieron un personaje inolvidable. El encuentro se dio y los recuerdos se revolvieron.
(Entrevista a una mujer indigente)
Otros procesos, otros encuentros
Jugando con el nombre que Tania Candiani le dio a su proyecto dentro de Lugar_Cero, Otros paseos. Otras historias. Centro Histórico D.F., me enfocaré a la fase de recolección de esas otras historias, que algunas veces estaban en la punta de la lengua de los entrevistados, o en su contrario, lejos de la expresión del habla.
Dos semanas de búsqueda por todo el Centro. Una playera blanca con el mapa de esta área de la ciudad, un diablito del mismo color acondicionado con una sombrilla, una mesa desplegable y un contenedor, en ocasiones un triciclo blanco con los mismos componentes que el diablo. Un gran bonche de cuestionarios en papel revolución con el mismo mapa, muchos lápices, una grabadora de voz, casets, pilas, un gafete de Lugar_Cero y, por supuesto, un permiso para estar en ese lugar público, con firmas y muchos logotipos. Todo el equipo diseñado por Tania.
Cada mañana o tarde, según el horario, emprendíamos un camino para buscar esas anécdotas que hicieron posible alguno de los recorridos. La exploración por el Centro fue ardua, llevábamos el diablito a aquellos lugares donde nos asignaban estar, según la lista de calles y plazas que Candiani preparó. Sin embargo al final los sitios fueron cambiando debido a la necesidad de una exploración más espontánea de la urbe, lo que consideramos, beneficiaría más al proyecto.
Ya en el lugar designado o autoasignado, instalábamos el módulo esperando que la gente se acercara y pudiéramos generar un diálogo sobre sus vidas y la ciudad. No obstante, la gente sólo nos observaba desde lejos, entonces emprendimos la tarea de acercarnos con un extraño, hablarle del proyecto en menos de dos minutos y convencerlo de que no era una encuesta ni mucho menos algo de marketing. Justo de este acercamiento a las personas, así como el encuentro mismo con el Otro es de lo que quisiera ensayar en este texto.
Parece fácil acercarse a una persona y hacerle un par de preguntas que inciten a que nos hable de su vida; sin embargo, este ejercicio fue más complicado de lo que esperábamos todos los participantes. Un mundo de gente pasaba frente a nosotros, algunos trabajando, otros descansando, unos más transitando y nosotros buscando un momento adecuado para acercarnos.
Al principio yo iniciaba explicando "Otros paseos. Otras historias. Centro Histórico D.F.", después hacía algunas peguntas del cuestionario como:
¿Qué lugar en específico recuerda de su niñez en el Centro Histórico y por qué? ¿Hay algún sitio del Centro que le traiga a la mente alguna anécdota familiar o amorosa?
El resultado fue fallido. En lugar de ser el cuestionario un arma detonadora de recuerdos, se volvía un arma amenazante que silenciaba a los entrevistados. Obviamente había quien tenía ganas de dialogar y soltaba sus memorias fácilmente.
Pero la mayoría de los entrevistados tenían sus dificultades con las preguntas diseñadas por la artista, ya que eran muy directas y cumplían el objetivo de cualquier interrogatorio, el de obtener información.
La antropología contemporánea cuestiona estos métodos que utilizan los etnógrafos, señalando que de antemano hay que tener cuidado con las preguntas ya que es muy fácil inducir una respuesta, por ejemplo:
¿A qué lugar no llevaría a un turista aunque a usted sí le guste?
Las respuestas hacían pensar en una zona de peligro y no en el verdadero gusto del encuestado, por lo que siempre se obtenía: Tepito o la Merced. Lugares muy estereotipados, la interrogación no daba para imaginar otro tipo de sitios. De ahí que las nuevas propuestas de la etnografía sean la búsqueda de interacciones diversas con sus informantes. El primer día todo el equipo se percató de las deficiencias de trabajar solo con el cuestionario por lo que en conjunto con Tania discutimos y propusimos nuevas estrategias para obtener las tan preciadas historias.
Por mi parte, había en mi actitud y mi mente un solo objetivo el de obtener recuerdos extraordinarios de vida sobre la gente y el Centro. Me presentaba agradable y a la vez ágilmente utilizaba la información específica, que me otorgaban para obtener más sobre estas personas. De pronto me di cuenta que lo que se decía era muy vacío y que para obtener una verdadera historia tenía que realmente mirar al Otro, darle confianza y tiempo de escucha, este ejercicio iba y fue más allá de tan sólo unas simples entrevistas.
Lo que les estábamos pidiendo, era que nos contaran sus memorias, era una acción de intimar con ellos. Y el intimar implicaba entrega de ambas partes; fue entonces cuando los relatos empezaron a emerger de la memoria. Los rechazos a intimar también fueron continuos. Uno a veces cansado de la tarea de crear ambientes y encuentros, provocaba el no obtener ni una anécdota.
El problema de raíz fue que en un principio salimos buscando información, en vez de evocar al diálogo, ese arte de conversar, una relación de dos. Cuando entendí esto último, pude obtener largas, detalladas y expresivas historias que retumbaban en las calles.
Una fase que en su momento se volvió un deleite para mí. Lo interesante de estos encuentros con extraños era cómo después de escuchar sus recuerdos se quedaba una especie de afecto, que inmediatamente tenía que romperse ya que al final cada uno tomaba su camino.
Recuerdo haber estado conversando con un músico de cantinas, "el Burro" le decían, sentados en la banqueta frente a una puerta vieja en Mesones, conversamos tanto que se terminó el caset, puse uno nuevo y oscureció muy rápido, al principio había otros dos músicos escuchándonos discretamente. Transcurrido el tiempo me percate de que había una pequeña tertulia en la calle, fue entonces cuando decidí terminar la entrevista, yo le agradecí al Burro por su tiempo y el me pidió un boleto de metro. Yo tomé el callejón de Mesones y el se integró a la fiesta.
Encuentros y desencuentros, las historias se grababan, sólo quedó el audio y en algunas ocasiones videos, registros materiales y huellas en la memoria de los entrevistadores. A veces el Centro se mostraba cálido, la gente accedía al intercambio de palabras, otras veces era desolador, cada uno ensimismado en su vida y sus preocupaciones, se alteraban al ver a unas personas tratando de utilizar sus memorias como arte.
En esta fase hubo momentos únicos para dos personas, sin que nadie más pudiera saber lo que ocurrió, en éste caso el arte se manifestó en momentos íntimos que nadie más podrá observar ni mucho menos revivir, el encuentro mismo se desvanecía en las calles. A pesar de los intentos tecnológicos de mantener vivas esas historias.
Sentada en un banquito de madera en el callejón Leandro Valle, miraba los ojos de Franco, un bailarín de profesión y un impresor de oficio, fumamos un par de cigarrillos, mientras traía a su mente sus noches de baile, sus encuentros amorosos, sus hogares desaparecidos del Centro, así como sus posturas políticas y su arraigo a "Mí capital", como le llamaba.
Después de esta fase el reto fue la capacidad de interpretación por parte de Candiani al transcribir las entrevistas, seleccionar los relatos para crear un recorrido a partir de las memorias. Esta fase me pareció muy interesante al leer la propuesta final de Tania, ya que esos encuentros tan anhelados por mí, se habían transformado en una narración espacial, las calles se volvieron las contenedoras de los recuerdos y los guías se convirtieron en narradores capaces de hacer sonar las voces de aquellos que nos regalaron sus historias. Estos paseos nos hicieron andar por el placer de escuchar y volver a mirar un Centro Histórico tan habitado y tan olvidado.
Finalmente me parecen de suma importancia todos los procesos, tanto individuales como grupales, que sucedieron en esta pieza de Tania Candiani; la construcción de ésta requirió de una larga experimentación de ensayo y error. Así como otros procesos internos de cada miembro y cada persona que pudo experimentar alguna de las fases.
Daniela Lieja Quintanar




