Tomar conciencia del espacio creado por los sonidos. Explorar los ruidos, sonidos y murmullos que pueden generarse con el cuerpo. Usar objetos personales para generar sonidos. Traspasar el límite de lo individual en un salto hacia afuera, al ensamblarse la orquesta de cuerpos sonideros. Estos son algunos de los objetivos que se cumplieron en este taller. La dificultad inicial es romper con las pautas cotidianas de movimiento, la relación con el cuerpo y sus sonidos pareciera estar atañida sólo a lo cotidiano: caminar, hablar, aplaudir, chascar los dedos, toda otra exploración queda para la intimidad, si es que sucede. El poder de la vergüenza es increíble y sólo lo superamos a través del juego.
Una vez superada esta dificultad, los movimientos, los sonidos, la exploración, van en crescendo, ellos han elegido (por su puesto, a los grillos, que en realidad son cigarras) como sonido a emular. Súbitamente, pregunto: ¿pueden escucharlos?. No.
La algarabía del grupo de participantes se ha fusionado con la Algarabía del jardín, ni saben cómo, pero la reflexión recae en dos puntos: su fuerza como colectividad y el sonido primordial generado por el cuerpo y rara vez escuchado: el latido del corazón, su ritmo, y cómo éste se plasma en sus cotidianeidades, en general, y en el taller, en particular.
M. AVe.





